La magia del primer día

Con el nacimiento del 2012, florecen las emociones, las esperanzas y las ansias de éxito en el nuevo campeonato. Todo se renueva en torno al futbol. Uniformes, planillas, estadios remozados. Huele a nuevo en el futbol nacional.

No obstante, lo que nunca cambia es la magia de volver al estadio. Los rituales aparecen y la tradición o la rutina determinan nuestras acciones desde que nos despertamos, el día del juego, hasta el momento de elegir asiento en el estadio.

En mi época juvenil, volver al estadio significaba, para muchos, jurarles a nuestros padres que iríamos a misa muy temprano o en la noche de ese día, con tal de que nos dejaran ir. (Y si se iba a misa temprano, había que ir con la camisa de nuestro equipo y si íbamos tarde, la camisa dependería del resultado del partido y no me digan que no es cierto)

Volver al estadio significaba alistar la bandera el día anterior, llevar dinero para los “hules”, o el patí y/o el vaso de gaseosa que valía ¢500 colones (ahora mil) y que uno compra aunque bien sabía que con ¢500 colones se podía algo más en las afueras del estadio.

Ir al estadio, sin embargo, ha cambiado mucho.

En todos los partidos nos sentamos (mis tíos y yo) en la gradería Norte, la cual ahora ocupa la Garra y que está acordonada y resguardada con policías blindados de pies a cabeza, con garrote en mano y listos para levantarse ante la mínima provocación de la barra herediana.

Nos sentábamos arriba arriba pegando con la baranda. Si, había baranda metálica y no existían las enormes latas de patrocinadores que vemos estos días.

Además, del “Rosabal”, recuerdo ver el marcador electrónico en los partidos de noche. Ese marcador estaba en la “curva” del estadio y aparte de tener dos números brillantes con el resultado del juego, tenía un reloj pintado con una aguja que avanzaba con el pitazo inicial de cada juego.

Ver caras nuevas en el segundo tiempo sentados junto a uno en la gradería no era algo extraño. Eso significaba, que esas personas habían llegado a “segundear”. O sea, entrar gratis para ver solo el segundo tiempo del partido en el estadio. Antes se podía.

Otro ritual para ir al estadio era preparar la comida. Al estadio se podía entrar con sándwich de mortadela, queso, y cualquier otra cosa que se tuviera en la casa y que se quisiera disfrutar en el calor incesante de las 11 de la mañana.

Así también, “entrabamos” al estadio los termos con café o botellas plásticas con fresco de sirope. Algo impensable hoy en día con las requisas exhaustivas en la entrada del estadio que no permiten a uno ni las monedas para el bus de vuelta a casa.

Como todo buen tico que trae en su ADN eso de “doblar” las reglas, recuerdo que mis tíos solían meter al estadio a niños que iban, solos, a pararse en la zona de boleterías y le decían a los adultos: “¿Señor, me entra?”. Esto se hacía porque antes los niños menores de 12 años entraban gratis al estadio, pero solamente acompañados de un adulto.

Actualmente hay carné de socios para niños, promociones, descuentos y otras cosas que dejan eso de “entrar” niños como una anécdota extinta de los partidos en el “Rosabal”.

Con el comienzo del nuevo torneo nos tocará sufrir, y gozar de lo que nuestro equipo haga en la cancha. Una vez más tenemos el chance de vivir esas costumbres, herencias y tradiciones que evolucionan alrededor de eso tan hermoso que es “ir al estadio”. No hay videojuego, TV HD o home theater  que reproduzca la sensación de estar en la gradería alentando a nuestro equipo.

El tiempo pasa y las tradiciones mueren para dar paso a nuevos rituales que nos llevan por el mismo camino de nuestros padres: la pasión por el deporte y la camiseta que amamos. Feliz regreso al estadio.